Una experiencia de voluntariado internacional con Spínola Solidaria: educación para transformar vidas y alimentar sueños

Hay muchas formas de hacer un voluntariado internacional y muchas organizaciones con las que realizarlo. María Arroyo, profesora de nuestro colegio Sagrado Corazón de Sevilla, nos habla de su experiencia como voluntaria y la forma en que esto ha cambiado su mirada al mundo. «Spínola Solidaria apareció en mi vida y me picó la curiosidad replanteándome lo que yo pensaba sobre el mundo y las personas que lo habitamos», apunta María.
La educación como motor de cambio
«Esta experiencia de voluntariado se centra en la educación como llave para llegar a un cambio real en el futuro. Y conseguir así que llegue el momento en el que estas organizaciones solidarias desaparezcan porque ya no se las necesite. A lo largo de mi incipiente vida profesional he vivido dos momentos de voluntariado internacional:
Mi primera experiencia fue en 2019, cuando me fui 7 semanas a una pequeña ciudad llamada Ayolas, en Paraguay. Allí conocí a otras voluntarias también de la familia Spínola procedentes de Argentina. En esas semanas dimos apoyo en la escuelita de las Esclavas del Divino Corazón y también nos acercábamos a las parroquias de los barrios que requerían de atención o ayuda para el refuerzo escolar de los más pequeños.
«El voluntariado trata de poner nombre, cara, sonrisa y piel, a la falta de igualdad de oportunidades».
Además, proporcionamos espacios de juego, pues al final ellos son niños, independientemente del país en el que vivan. Esa fue la primera vez que vi el gran valor que tiene para quienes viven allí, la presencia de las hermanas en estos lugares y la humildad, el cariño y el altruismo que caracteriza a las Esclavas en su labor diaria.
Años después, con más experiencia, y quiero pensar que con más madurez, me volví a embarcar en el proceso de formación para el voluntariado internacional con Spínola Solidaria. Unos meses más tarde estaba sacándome el visado para ir a Angola. Más concretamente al barrio de Palanca de la ciudad de Luanda, la capital del país. En este caso fueron 4 semanas, en las que de lunes a viernes dábamos clases de apoyo y pasábamos ratos de juegos, baile y ocio con niños, jóvenes y adultos.
Por las tardes y los fines de semana eran los momentos para visitar las casas de las familias del barrio, y para acompañar a las hermanas en sus quehaceres. Sobre todo eran momentos dedicados a escuchar. Escuchamos mucho sobre la situación de cada una de esas personas en cuanto a su salud, sus sueños, sus preocupaciones, su día a día. Escuchamos a las hermanas sobre su servicio allí, las necesidades del barrio y la realidad que se vive allí.
Agradecimiento infinito por la vida
Los 4 voluntarios que fuimos, hablamos con jóvenes sobre sus proyectos futuros, sueños, trabajos, y gran parte de lo que escuchamos no se asemejaba a lo que nosotros vivíamos en nuestras vidas, como por ejemplo un joven de 14 años cuya aspiración era la de conseguir un trabajo para cuidar de su madre y sus hermanos.

Para mí, siendo profesora en España, llegar a su realidad se hizo difícil de gestionar, igual que trabajar junto con otros profesionales cuya visión de la educación es muy diferente, debido al contexto en el que viven y a la cultura en la que se han educado. Ni mejor, ni peor. Diferente.
Una parte importante para ellos son sus creencias y la fe tan fuerte que tienen en Dios, independientemente de las carencias o necesidades que puedan estar viviendo. En ambas experiencias de voluntariado he sido testigo de la importancia que se le da a iniciar la jornada poniendo el día en manos del Señor, agradeciendo el nuevo día y la familia; así como recordando la importancia de cuidar el entorno y de todos los que nos rodean. La espiritualidad y la fe son eje esencial en su cultura así como un pilar en el que sostenerse ante las adversidades y al que expresar agradecimiento infinito por la vida.
Dar, escuchar, conocer
Vivir una experiencia de voluntariado al final no deja de ser un intercambio de culturas, idiomas y costumbres, pero también es una oportunidad de conocer al otro mirándole a los ojos y de tratarle como regalo de Dios y tierra sagrada. El voluntariado trata de poner nombre, cara, sonrisa y piel, a la falta de igualdad de oportunidades según el lugar en el que hayas nacido. Es una oportunidad de responsabilizarse de la fortuna de vivir en los zapatos que tienes y de devolver, al menos, una parte de lo que te ha sido regalado. Es un aprendizaje, una cura de humildad, y una herramienta para relativizar los “problemas del primer mundo” que muchas veces dejamos que nos ahoguen sin darnos cuenta que hacemos pie ya que no está tan hondo.

La esencia, para mí, de estas experiencias de voluntariado internacional con Spínola Solidaria es dar lo que tienes, dar lo que eres… Es darte a corazón y alma abiertos; pero también es atreverte a escuchar, ver, sentir, oler y hacerte muchas preguntas. Es caer en la cuenta de que te increpan por ser blanca en un país donde tu color de piel ya no es el mayoritario. Una oportunidad de conocer el mundo más allá de las fronteras que nosotros mismos creamos y darnos cuenta que quienes están al otro lado, podríamos ser cualquiera de nosotros.
«El gran valor que tiene para quienes viven allí la presencia de las Esclavas del Divino Corazón y la humildad, el cariño y el altruismo que las caracteriza en su labor diaria».
Paraguay y Angola han sido posibilidades de escuchar los sueños de esos niños. Sueños que son los mismos que pueden tener mis alumnos en España; aunque con una gran diferencia, que me dijo un joven angoleño de 15 años, al que le animé a lograr lo que soñaba para su futuro: “Lo que para ti es una realidad, para mí es solo un sueño”.
Ojalá llegue el día en el que los sueños y las realidades no dependan del lugar en el que naces o del color de la piel que tienes. Ojalá los sueños y realidades solo dependan de la persona que los sueña y los trabaja por hacerlos realidad.



